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DATOS HISTÓRICOS DE LA SOCIEDAD ECONÓMICA DE AMIGOS DEL PAÍS

 

LA EPOCA COLONIAL 1793-1898

 Las Sociedades Económicas respondieron desde un principio al fin que se les señaló y a la misión que la época les destinaba. Ya desde el reinado de Felipe V (1683-1746) en España, en cuyo espíritu se agitaban los pensamientos de reformas, el célebre don Melchor Rafael de Macanaz[1] había recomendado la creación de tales cuerpos. En una representación expresaba en los siguientes términos: “Es preciso recurrir a establecer y fomentar la industria popular, que dará a los pobres utilidades copiosas y al Estado riquezas inmensas. Mande V.M. se establezcan Sociedades Patrióticas en los pueblos de bastantes vecinos, y, a proporción de los frutos de cada uno, que se establezcan fábricas para enriquecerlos”. Estas ideas obedecían a las tendencias imperantes en el siglo XVIII, no bien determinadas aun, reconociéndose su influjo en los escritos del verdadero propagador de tales Cuerpos[2] en España, don Pedro Rodríguez Campomanes[3]. Su memorable Discurso sobre la industria popular, verdadera carta constitucional de las nuevas corporaciones, reflejaba indudablemente, con más intensidad, la acción de los enciclopedistas[4].

El Discurso de Campomanes despertó en muchas provincias de España una amplia emulación. El ejemplo de los caballeros guipuzcoanos, que nueve años antes habían fundado la primera Sociedad Económica en Vergara, para que aunándose los esfuerzos de cuantos amasen el bien público fuese mayor su eficacia había sido poco fecundo. Era preciso que de lo alto descendiese un estímulo capaz de vencer la apatía o las prevenciones. Tal fue la obra de Campomanes. En esa época, tenía que ser decisiva la intervención de un Cuerpo tan autorizado como el Consejo de Castilla. El Discurso se imprimió y fue remitido en noviembre de 1774 a las Justicias, Intendencias y Ayuntamientos de las capitales y otras poblaciones, rasgo muy propio del sistema que se llamó del despotismo ilustrado, porque aspiraba a realizar desde arriba, la revolución que desde abajo y sin detenerse ante barreras de ninguna clase, habría de realizarse muy pronto.

Hablando de la famosa obra de Campomanes y de sus positivos efectos, llamaría Jovellanos[5]: “Su voz arrebatando nuevamente la atención de la magistratura, le presentó la más perfecta de todas las instituciones políticas que un pueblo libre y venturoso había admitido y acreditado con admirables ejemplos de ilustración y patriotismo”. El Senado (Consejo de Castilla) adoptó este plan, Carlos III lo protege, le autoriza con su sanción y nacen así las Sociedades Económicas. Estos Cuerpos llaman la atención general y todos corren a alistarse en ellos: “El clero atraído por la analogía de su objeto con el de su ministerio benéfico y piadoso: la magistratura despojada por algunos instantes del aparato de su autoridad; la nobleza, olvidada de sus prerrogativas; los literatos, los negociantes, los artistas desnudos de las aficiones de su interés personal, y tocados del deseo del bien común, todos se reúnen, se reconocen ciudadanos, se confiesan miembros de la asociación general antes que de su clase, y se preparan a trabajar por la utilidad de sus hermanos. El celo y la sabiduría juntan sus fuerzas, el patriotismo hierve, y la nación atónita ve por la primera vez vueltos hacia sí todos los corazones de sus hijos”. Acentos no menos entusiastas aparecerían muchos años después en 1831 en la Revista Bimestre publicada por la entonces Real Sociedad de Cuba en un artículo sobre la obra de Campomanes.

Conviene recordar algunas sentencias de tan celebrado discurso que sirvieron de programa común a las Sociedades Económicas: “Toda la atención se le ha llevado –decía- el estudio de las especulaciones abstractas Nuestra edad más instruida, ha mejorado las ciencias, y los hombres públicos no se desdeñan de extender sus indagaciones hacia los medios de hacer más feliz la condición del pueblo sobre cuyos hombros descansa el peso del Estado. Y apuntaba un aspecto importante, a generalizar los conocimientos económicos y útiles al pueblo debía destinarse en primer término las Sociedades Económicas. “La Agricultura –añadía– la cría de ganados, la pesca, las fábricas, el comercio, la navegación en su mayor aumento, en cuanto a las reflexiones científicas conque propagar estos ramos, deben formar la ocupación y el estudio de las Sociedades, ya traduciendo las buenas obras publicadas fuera, con notas y reflexiones acomodadas a nuestro suelo, ya haciendo experimentos y cálculos políticos en estas materias, ya representando e instruyendo a los superiores a quienes pertenezca proveer de remedios”. Y en otro lugar agregaba: “Estas Sociedades serán útiles para votar con justicia los premios a beneficio a los que se aventajasen en las artes, o en proveer las cosechas que convengan introducir, o extender con preferencia, o que descubran algún secreto útil”. Otra importantísima condición señalaba el ilustre estadista, las Sociedades Económicas no habrían de tener fueros, privilegios ni autoridad fiscal. Desprendiéndose además de los estrechos prejuicios tan comunes a la sazón, exclamaba “Al más patriota y al más instruido deben tener las Sociedades la primera atención. Estas Academias se podrán considerar como una escuela práctica de la Economía Política en todas las provincias de España. Consideraciones muy importantes para tener en cuenta hasta el día de hoy.

No quería Campomanes crear un privilegio más para las clases altas y acomodadas, antes bien, por creerlas mejor preparadas y más dispuestas, proponía que asumiesen una carga que solo ellas podían desempeñar, práctica y eficazmente, sin perjuicio de que la obra se hiciese extensiva en el andar del tiempo a las otras clases sociales, cuyo progresivo advenimiento a la vida pública predecía en estos términos: “Dentro de poco tiempo trascenderá al pueblo (la instrucción política) para que sin equivocaciones conozca los medios de enriquecerse y de servir al Rey o a la Patria en cualquier urgencia. Entonces los proyectos no serán inéditos y fundados en estancos y aprensiones, como ahora se advierte con los que de ordinario se presentan, por no tener sus autores a la vista lo que es compatible o repugnante al bien general del Estado, a causa de faltarles el estudio necesario y los libros”, y concluye estas ideas con las siguientes palabras: “Proporcionada de un modo luminoso y constante la instrucción política en el reino, que ahora es más escasa de lo que conviene, será general la fermentación industriosa en todo él a beneficio del común”. Ninguno de sus contemporáneos se expresó más proféticamente que Campomanes

Hay que decir que el resultado no correspondió a la elevación de los propósitos, al menos en la medida que era dado esperar no obstante el atractivo cuadro trazado por Jovellanos, ni fueron tantas las Sociedades que se establecieron como importaba para que su acción se ejerciese con verdadero provecho, ni en todas se trabajó con el empeño y adecuado designio que al logro de tales propósitos convenía. Pero algunas sociedades llegaron a formarse con el concurso personal de los más eminentes hombres públicos alcanzando en breve tiempo un grado de prosperidad y éxito que colmó la ambición de sus promotores. La de Madrid fue el modelo de todas las que se organizaron después en la Metrópoli y sus Colonias, o como entonces se decía en España e Indias.

Es oportuno destacar que las primeras Sociedades en España fueron fundadas a iniciativa de sectores privados o de la sociedad civil: comerciantes, agricultores, intelectuales y miembros de la burguesía, que organizaron tertulias en sus casas de las cuales fue surgiendo la idea de propiciar cambios en el cultivo de la tierra y en la industria, prestando atención especial a los adelantos científicos en otros países de Europa. Esas agrupaciones se podían considerar como organizaciones no gubernamentales, aunque el Gobierno pronto les concedió apoyo e impulso[6].

La creación de las Sociedades Económicas obedeció a una idea concreta de la política y de la cultura, fueron establecidas expresamente para realizarlas y extenderlas, siendo sus principales exponentes y vehículos. Al decaer la concepción que les dio vida, perdieron también, en casi toda España, su importancia y si algunas la recuperaron débese a necesidades y a circunstancias especiales, como las que en Cuba favorecieron esta institución, o a un renacimiento parcial de las tendencias que presidieron a su creación, como el que en 1876 le confería inesperadamente la alta prerrogativa de concurrir con el voto de sus socios a la integración del Senado en España.

A imagen de las Sociedades de la Península se había establecido la de Santiago de Cuba de corta y limitada actividad, cuando algunos vecinos prominentes de la Habana concibieron el proyecto de instituir en ella una institución similar, donde se reunieran y concertaran los esfuerzos y la iniciativa de cuantos se preocuparan por el bien público y estuviesen en actitud de servirlo. Veintisiete habaneros de los más distinguidos y pudientes, entre ellos don Francisco Joseph Bassabe, el Conde de Casa Montalvo, don Juan Manuel O’Farrill y don Luis Peñalver y Cárdenas, propusieron al Gobernador Capitán General don Luis de las Casas, alentados decididamente por él mismo, la formación de una Sociedad Económica de Amigos del País, redactaron los Estatutos correspondientes y los elevaron al Rey para que los aprobasen, con las modificaciones que estimare justas y pidiéndole que otorgara su más decidida protección al nuevo Cuerpo hasta quedar radicado y “que las facultades gubernativas, sumadas a las que se les confirieran diesen consistencia a aquella nueva planta”, autorizándole a celebrar sus juntas y reuniones en una de las piezas de las Casas Capitulares. Los Estatutos fueron aprobados con alteraciones poco importantes. Entre las que merecen recordarse únicamente dos por su significación y trascendencia: respecto del Artículo primero en que se determinaba el objeto de la Sociedad consistente en promover la agricultura, el comercio, la crianza de ganados y la industria popular, así como la educación e instrucción de la juventud, la impresión y publicación todos los años de las “Memorias del Cuerpo”, la Real Cédula aclaraba que el “comercio fuese arreglado a lo que estaba dispuesto” y en relación a la impresión de las Memorias puntualizaba “con licencia del gobierno”. Acerca de lo estatuido sobre la “plaza del director principal de la Sociedad debiese recaer en persona de instrucción, afabilidad y fervor por sus adelantamientos y desempeño de sus cargos”, se dispuso que se añadiera “sin perjuicio de la Presidencia nata que en toda Junta y Congregación corresponde al Jefe Político o Gobernador colonial”. Es decir, en sus inicios la Sociedad habría de tener un Presidente y un Director. Otro punto quedaría aclarado por dicha disposición: Que cuanto antes se establecieran dos escuelas gratuitas a lo menos, una para cada sexo, cuyos maestros había de nombrar el Gobernador y se supliere cuanto faltare de las rentas de los Propios y Arbitrios de la Ciudad”.

El Gobernador y Capitán General, don Luis de las Casas y Aragorri, que ejercía a la sazón tan altos cargos en la Isla, era un gobernante ilustrado, justo y enérgico, empapado de las doctrinas económicas y filosóficas que parecían destinadas a realizar en breve tiempo la regeneración de la monarquía. El célebre Padre José Agustín Caballero dijo de él con harta razón que “el gobierno de este padre de la patria había sido el de mayor influencia en el bienestar y prosperidad de la Isla”. Apenas hay un escritor cubano de nombradía que no haya tributado a su memoria el homenaje del que es acreedor.

El 9 de enero de 1793 se efectuó en el Palacio de Gobierno la sesión inaugural de la Sociedad Económica, que habría de consagrarse sin demora a los objetivos de la institución, especialmente a los de los adelantos de la agricultura y a los progresos de la instrucción pública. Tomando en cuenta la necesidad de favorecer cuanto antes el conocimiento de nuestra principal producción por medio del estudio de los adelantos alcanzados en otros países, emprendió la traducción de obras dedicadas a la industria azucarera, encomendando esta tarea a don Antonio Robredo y don Pablo Boloix, orientando al mismo tiempo el encargo de comparar los métodos culturales y extractivos de la caña que se seguían en Cuba con los practicados en el extranjero a don José Ricardo O’Farrill, el cual elaboró un informe que sería unido a las traducciones de referencia. Se promovió igualmente la creación de una escuela de Química de la cual surgiría la cátedra en la que se destacaron posteriormente profesores como Casaseca y Reynoso, se fundó la biblioteca pública y se organizaron las Secciones de “Ciencia y Arte”, de “Agricultura”, “Industria Popular y Hermosura del Pueblo”, así como la de “Comercio”. No existió en el primer período de la historia de la institución la “Sección de Educación”, ni “Comisión de Literatura”. La fundación temprana de la Casa de Beneficencia y la de Educandas dan testimonio de su provechosa acción inicial.

Con el alto objetivo de propagar conocimientos útiles el Papel Periódico quedaría bajo los auspicios y dirección de los Amigos del País. Se instituyeron además premios para recompensar y estimular a cuanto quisieran dedicar sus actividades al esclarecimiento de las cuestiones económicas que habían de constituir el principal estudio de los asociados. Esta breve reseña demuestra que al año de constituida la Sociedad había puesto ya los cimientos de su obra. Se puede medir la magnitud del empeño que se emprendió por el dato que en esa época no existían más de 39 escuelas en toda la Habana, establecimientos elementales en los que enseñaban a su antojo las primeras letras maestros y maestras improvisados de las más humildes clases sociales. Para atenderlas mejor en 1818 se fundó la Sección de Educación, que para fomentar la primera enseñanza puesta bajo su inspección primero, y bajo su dirección después, emprendió una amplia campaña de progreso que será uno de sus más trascendentales aportes.

La magnitud de los esfuerzos realizados por la entonces Real Sociedad en todos los ramos que comprendían sus Estatutos, a pesar de las graves turbaciones como fue el de la Guerra de Independencia en España (1808-1813), fue expresada en el notable “Discurso sobre la utilidad y ventajas que ha producido el establecimiento de las Sociedades Económicas”, impreso en las Memorias correspondiente al 31 de mayo de 1817: “Memorias, máquinas y expedientes sobre el café, tabaco, azúcar y cera –decía- como renglones principales de nuestro comercio; proyectos y excitaciones para el empedrado, aseo e iluminación de la ciudad; construcción de los caminos públicos bajo el aspecto de su grande importancia para el transporte y consumo de los frutos; una cuesta política para dotar escuelas de química y botánica, hasta haber costeado a un joven que fuera a Europa a estudiar aquellas ciencias tan útiles en los campos como en las ciudades…,” destacando la iniciativa de uno de los miembros, Tomás Romay, se debía el proyecto de establecer un cementerio en las afueras de la ciudad. Desde 1804 éste había tomado a su cargo el importante experimento de la vacunación, cuya introducción se debió también a sus gestiones.

Muy pronto se unieron otras fundaciones importantísimas, como el Jardín Botánico en 1817. En 1816 se creó la cátedra de Economía Política por iniciativa de Juan Justo Vélez[7]. Surgen con increíble rapidez la escuela de Náutica, la de Dibujo, la de Obstetricia y la Casa de Dementes para Varones. Se recomienda y apoya la construcción del primer ferrocarril antes que ninguna otra comarca en España, se fundan y perfeccionan las escuelas. En un poco más de cuatro lustros puede decirse que los Amigos del País habían materializado algunas de sus más ambiciosas iniciativas.

En este breve sumario puede apreciarse la obra que habría de acumular la Real Sociedad en el transcurso de un siglo. Se podría decir que la historia de los Amigos del País quedó escrita para siempre en la piedra de nuestros monumentos, en la tradición de nuestras escuelas, en las paralelas de nuestros ferrocarriles, en las fábricas de nuestros ingenios de azúcar, en el ondulante mar de los campos de caña, en el desarrollo del libre comercio y en las ideas de actitud cívica, de amor a la libertad y al progreso que formaron la conciencia de nuestro pueblo. No es posible seguir año por año la intensa labor desplegada por la Sociedad. En los archivos están los materiales para escribir su historia.

Hay que destacar que en ella se agruparon los hombres más ilustres de cada generación, dejando testimonio de su civismo y cooperando a todo lo que significaba progreso y regeneración que habría de contribuir posteriormente al surgimiento del ideario independentista. Las figuras que se destacan en el primer período son tan conocidas que apenas es necesario evocar. Aparte de don Luis de las Casas y los fundadores de la Sociedad, aparecen en sus Memorias nombres en que se resume la actividad social por muchos años, como el gran don Francisco de Arango y Parreño, modelo destacado de hombre público en Cuba y autor del trascendental discurso sobre “La agricultura en la Habana y los medios para fomentarla”, el Padre José Agustín Caballero, el cual fue un tiempo el primer orador sagrado de Cuba, el primer filósofo, el maestro de Varela, de Saco y de Luz, el que descargó los primeros golpes al coloso del escolasticismo y promovió la reforma de los estudios universitarios, siendo a la vez el autor de un primer plan de una institución política para Cuba, el Dr. Tomás Romay introductor de la vacuna y uno de los fundadores del primer periódico publicado en la Isla, literato, economista, funcionario infatigable y discreto, que sometió a indagaciones metódicas la fiebre amarilla, el político perspicaz y el patriota que en los últimos años de su vida dirigió la Sociedad en 1844, el Obispo Espada que cooperó de manera tan decisiva al impulso de nuestra cultura y cuya presencia en Cuba forma parte integrante de nuestra historia, los Calvo, los Peñalver, los O’Farrill, los Montalvo, los Herrera, los Santos Suárez, y tantos otros que fueron los primeros dirigentes de nuestra Sociedad Económica compitiendo con abnegación por sus diversos fines.

Bastante se ha dicho respecto al primer período de la Sociedad que se extiende hasta 1814 y el retorno de Fernando VII a España, pero no se pueden olvidar algunos importantes sucesos en que se expresa el esfuerzo realizado y su concepción de los destinos del país. Desde un principio, siguiendo el consejo eminentemente práctico de Campomanes, se agruparon en torno de la naciente institución a las personas de mayor arraigo e influencia, para que unidas a los publicistas, oradores y literatos más destacados, representasen la voluntad creadora de todas las fuerzas sociales. Esta característica es más señalada en el período a que nos referimos. En la actualidad es oportuno destacar este objetivo de tanta influencia para el éxito de las tareas, divulgando la positiva imagen de una consagración común al adelantamiento general, bajo el dictado de unos mismos principios. Debido a este concurso leal de todas las clases, como resultado de estas sanas inspiraciones seguidas por todos igualmente, pudo también la llamada Sociedad Patriótica alcanzar muy pronto prestigio e influencia tales que hasta hoy causan asombro.

Pero la situación del país iba a ser afectado a principios del siglo XIX por la invasión napoleónica que destruiría la organización tradicional del Estado español. La Isla quedó entregada a sí misma. Y si pudo verse libre de los horrores de anarquía semejante a la que hizo presa de Haití, fue porque la ilustración y el civismo de sus clases dirigentes, en el prestigio que gozaban, en la unidad que las fortalecía y en la confianza que el país les otorgaba, halló elementos sólidos en que apoyarse para afrontar aquella crisis extraordinaria. En tan grave circunstancia se pudo palpar, mejor que nunca, el ascendiente adquirido por los Amigos del País. La completa subversión del orden social y político, que se hacía sentir fuertemente en la metrópoli, habría de producir en América una crisis mucho más trascendental con el inicio de las luchas por la independencia. Cuando se celebraron elecciones para diputados de las Cortes de Cádiz y la Sociedad Patriótica fue llamada a designar ocho individuos de los 16 que habían de juntarse para tan importante misión, ¿qué mayor prueba podía darse del auge que a los 20 años escasos de instituida, había conquistado la Sociedad?. Los candidatos elegidos y los que obtuvieron mayor número de votos, no por casualidad, habrían de ser Amigos del País.

No resulta extraordinario que la Sociedad, llamada a ejercer tan poderosa influencia, tuviese ampliamente formado su criterio sobre las cuestiones capitales en cuya acertada solución se libraba la suerte de Cuba. Ya en 1794 había pedido al Gobierno colonial que procediese con extraordinario tiento en la introducción de esclavos. Es verdad que en 1811 adoptó como suya la exposición, que a nombre del Consulado y el Ayuntamiento redactó don Francisco de Arango y Parreño favorable a ese asunto. Pero posteriormente deploraría amargamente la esclavitud, tanto por la injusticia que representaba como por el daño que su importación resultaba para el presente y porvenir del país. Hacia 1831 el mismo Arango en carta al Rey don Fernando VII calificaba de asqueroso ese tráfico. La Revista Bimestre, elogiada entre otros por el hispanista norteamericano Ticknor (1791-1871), autor de una notable “Historia de la Literatura Española”, publicó en 1832 un artículo de José Antonio Saco que lanzaba la voz de alerta sobre los peligros que habría de traer la esclavitud. Meritorios esfuerzos que se vincularon en 1841 y 1844 con el comportamiento de la Sociedad respecto al cónsul inglés Mr. Turnbull y su actitud decidida contra el tráfico de esclavos.

Los sucesos de 1814 en España pusieron término a la fermentación de las ideas políticas y de las reformas sociales. Restablecido Fernando VII en el trono hizo retroceder en todo el reino el espíritu innovador y progresista con que se había sostenido la defensa del territorio contra la invasión francesa. A la obra de reforma y de progreso que pudo continuar en Cuba por los caminos que dejaron trazados los ministros de Carlos III y Carlos IV, cooperó la Sociedad con su celo de siempre. El nuevo período se caracterizó para los Amigos del País por el desarrollo que alcanzaría la instrucción pública puesta bajo los auspicios de la Sociedad, cuya Sección de Educación inició sus trabajos y por la cooperación que prestó a todos los empeños útiles bajo el estímulo y la guía del Intendente Alejandro Ramírez, que ocuparía el cargo de Director de la misma. Formada dicha Sección, por acuerdo del 22 de agosto de 1816, se adscribieron a ella 31 individuos y se nombró de inmediato una comisión encargada de tomar conocimiento de las escuelas de primeras letras y mejorar su régimen y enseñanza. Dedícose luego a unificar los métodos que seguían y traducir expresamente notables trabajos en que se expone el sistema pedagógico de J. Lancaster. Estas traducciones se someten a la Comisión de las Escuelas, la cual procede a discutir con los maestros de más habilidad y reputación sobre la conveniencia de seguir dicho método en toda la Isla. Aplica también sus esfuerzos al mejoramiento de las escuelas de niñas, preocupándose con el arduo problema de la educación de la mujer, asiste a los exámenes, distribuyendo premios entre los alumnos más aprovechados, somete a estudio los informes y memorias de los individuos más diligentes, facilita la constitución de la clase de Matemáticas de la Universidad, fomenta la enseñanza de la Química, de la Botánica y de la Economía Política y protege la Academia de Música formada a principios del año 1816 con el título de “Santa Cecilia”, entre sus muchas iniciativas. Estas exitosas experiencias van a poner de manifiesto la importancia de tener al frente de la institución a una personalidad influyente y de iniciativa que asegure el cumplimiento de sus tareas.

Alejandro Ramírez vino a Cuba como Superintendente de Hacienda por recomendación de Arango y Parreño. La Real Sociedad, de la que fue Director muchos años, le debe especial reconocimiento por sus numerosos empeños, como el Censo General de la Isla de 1817, la excepción de impuestos para la industria naciente, el desestanco del tabaco, la fundación de varias poblaciones, la instalación de la Academia de Dibujo –que para honrar a tan esclarecido personaje se llamó “San Alejandro” –, la creación del Jardín Botánico y del Museo Anatómico, la Escuela de Química y la Cátedra de Economía Política además del establecimiento de la Sección de Educación, entre otros. Durante el período en que la Sociedad estuvo dirigida por Ramírez, su autoridad y su influjo fueron fundamentales. Merced a ello se obtuvieron medios suficientes para prosperar y se estableció la más fecunda emulación entre sus miembros, hombres de vasto saber como el inmortal presbítero don Félix Varela y el no menos benemérito Dr. Tomás Romay.

Se puede establecer un nuevo período histórico entre 1820 y 1823 en que la Sociedad Económica continuó aportando esfuerzos y trabajos muy señalados. Mantuvieron los Amigos del País su influencia desarrollando sus iniciativas, destacándose en el gran movimiento que unió a todos los sectores económicos del país contra el proyecto de arancel de aduanas de 1820, medida ruinosa para el comercio y la agricultura. Un importante asunto que tendría prolongada presencia para las actividades de la institución hasta 1959.

Aquel período resultaría tan azaroso en las Américas como en la Península. Al asumir Fernando VII el poder absoluto, merced al apoyo de las tropas francesas fueron proscriptas otra vez las libertades públicas. Todo volvió en Cuba, más que en ninguna otra parte de España, a un silencio y quietud profundos. Las labores de la Sociedad se vieron turbadas por el destierro a que fue condenado uno de sus miembros más destacados, el ilustre Varela, por haber unido su voto como Diputado a los que en Sevilla declararon incapaz al monarca y entregaron el poder a una Regencia.

Para 1830 es que reaparecen iniciativas alentadoras. En la “Relación histórica de los beneficios hechos a la Real Sociedad Económica, Casa de Beneficencia y demás dependencias de aquel Cuerpo”, publicada en 1832 incluyose una “noticia” la cual dice así: “Halagados varios individuos aficionados al culto de la verdad y de los afectos de las artes interesantísimas de la palabra, ocurrieron a principios del año 1830 a la Real Sociedad Patriótica en logro de una clase permanente de Literatura, esperanzados en que el Excmo. Sr. Presidente, en D. Francisco Dionisio Vives, hallarían el mayor patrón de la empresa. Así fue y nació bajo su Presidencia la Comisión de Literatura, se instaló, ha trabajado y se corresponde con los primeros literatos de España, progresa, publica la Revista con buen nombre y S.E. se ha complacido más de una vez con las tareas a que dio impulso con su permiso a la redacción de papel tan útil en los distintos ramos que abraza su prospecto”. También se creó la Sección de Historia, que por entonces había publicado en dos cuadernos el primer tomo de sus documentos.

En cuanto a la Revista y Repertorio Bimestre no solo obtuvo buen nombre, sino vasta reputación y aplauso dondequiera que se repartió. Fue una verdadera Revista, acomodada al orden, plan y método de la de Edimburgo y de la Quaterly de Inglaterra, muy renombradas en aquella época. Ticknor dijo que era el mejor periódico de su clase escrito en lengua castellana, y puede decirse que no se publicó entonces en nuestro idioma ninguna que la aventajara. En vez de disertaciones más o menos vacías en que se alardease de vana originalidad, los artículos publicados fueron siempre exposiciones propias para divulgar los conocimientos útiles. Sin embargo, el grave conflicto suscitado con la Sociedad por la creación de una Academia de Literatura independiente, interrumpió la publicación de la Revista, víctima de lamentable discordia. La tarea de sus dos primeros años está a la vista en los tres tomos que se llegaron a publicar. Entre muchos colaboradores hay que destacar a José de la Luz y Caballero, don Joaquín Santos Suárez, el Presbítero Varela desde su destierro y José Antonio Saco.

Al mismo periodo corresponde uno de los más notables adelantos que esta Isla es deudora a la iniciativa de Sociedad, el primer ferrocarril que cruzó sus fértiles campos. “España –dice el historiador Pezuela– con erario insuficiente hasta para las necesidades más precisas, ni pensaba en establecer aun el ferrocarril, cuando ya desde 1830 la Sociedad Económica de la Habana publicaba un informe promoviendo la construcción de caminos de hierro en una isla donde las antiguas vías de comunicación estaban sujetas a causas de deterioro mucho mayores que en otros países”. Este informe lo redactaron en agosto de aquel año el Marqués de la Cañada de Tirry y don Juan Agustín Ferrety, a quienes confió esa comisión la Sociedad Económica. Aquella idea fue adoptada con calor y se iniciaron los trabajos en 1835. En 1837 empezó a funcionar hasta Bejucal y hasta Güines en 1858.

La Real Sociedad Económica no limitó nunca sus tareas solo a la Ciudad de la Habana. Organizó y sostuvo diputaciones, en Matanzas, Puerto Príncipe, Villa Clara, Trinidad y Santi Spíritus. Notables trabajos se realizaron en ellas, con gran provecho de los intereses de esas comarcas, distinguiéndose algunos socios como don Tomás Gener en Matanzas y don Gaspar Betancourt Cisneros (el Lugareño) en Puerto Príncipe. No podemos dejar atrás estos años sin dedicar un recuerdo a los utilísimos informes de Saco sobre “los caminos” y “la vagancia”; sin hacer una mención muy especial a Domingo del Monte sobre el trabajo “El estado de la enseñanza primaria en la isla de Cuba en 1836, su costo y mejoras de que es susceptible”. Este informe redactado por acuerdo de la Sección de Educación es una completa exposición del estado de tan importante ramo. El ilustre estadista norteamericano Everett lo vertió al inglés en una revista de su país. Los artículos de Saco fueron publicados en la revista “América” de Madrid en 1873. Los “Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en Cuba” de don Antonio Bachiller y Morales, obra digna de los mayores elogios por su utilidad, y el “Ensayo histórico-estadístico” de don Pelayo González de los Ríos bastan para dar a conocer la permanente dedicación de la Sociedad Económica al progreso de la Patria.

Hacia 1836 terminaron para no volver en mucho tiempo los días serenos y exitosos para la Sociedad. Identificada como siempre con el país, ve decaer su influencia cuando, cerradas las Cortes para Diputados cubanos y pospuestas indefinidamente las leyes especiales, cesa el régimen constitucional y ocupa el mando superior de la Isla don Miguel Tacón que sucede al hábil y mesurado Vives. Puede decirse que para la Sociedad como para Cuba llegaban días azarosos y de prueba. La Sociedad no desmayó sin embargo, antes bien se consagró en este nuevo período a los objetivos de su instituto con el más vivo empeño. Ningún suceso turbó el desarrollo de sus tareas, hasta que, a partir de 1840, se planteó súbitamente con carácter de excepcional trascendencia un grave problema que desde los primeros años del establecimiento del Cuerpo Patriótico había ocupado la atención de sus socios.

Los apremios del gobierno inglés para asegurar el estricto cumplimiento de las convenciones diplomáticas estipuladas con el de España, para impedir y castigar el tráfico de esclavos, coincidiendo con cierto síntoma de agitación entre ellos, revistieron de alarmantes caracteres tan grave problema. Las personalidades más concientes clamaban por una solución definitiva que conjurase al mismo tiempo el peligro de un conflicto internacional y las agitaciones que había de producir el constante aumento de esclavos. El representante consular de Inglaterra, hombre de firmes convicciones y enérgico temperamento, el célebre Mr. Turnbull, había ejercido por encargo de su gobierno una vigilancia continua, la Sociedad le contaba en el número de sus miembros. Se intentó borrar su nombre de la lista de los Amigos del País sin las formalidades y un voto obtenido por sorpresa así lo decidió. Pero el entonces Director, don José de la Luz y Caballero, aunque enfermo velaba por el prestigio del Instituto. Con enérgica decisión, digna de perpetua memoria, logró que se anulase el acuerdo y que los Estatuto fuesen respetados. Este suceso tuvo extraordinaria resonancia en aquel tiempo.

Otros conflictos asechaban al país, e indirectamente a la Sociedad, con motivo de las mismas gravísimas dificultades suscitadas por la persistencia de la trata y por la efervescencia sobrevenida en la población esclava. En 1844 se consultó de nuevo a la Sociedad sobre los medios de coadyuvar al cumplimiento del tratado de 1835 entre España e Inglaterra, objeto de constantes infracciones por parte de los traficantes y de las continuadas reclamaciones del Gobierno británico. Asignado el encargo de formular dictamen al Amigo del País, el Censor Manuel Martínez Serrano este lo redactó en los términos más elevados y previsores condenando terminantemente la trata, por estar asociado a graves peligros. No correspondió, ni a la rectitud de sus intenciones ni a la pureza de sus motivos, la calumniosa delación de participar en la conspiración de las gentes de color. El Censor perdería la vida a consecuencia de los padecimientos contraídos en la prisión. Su memorable informe conserva un interés de primer orden. No había ya que ocuparse en particular de la trata y de sus negativas consecuencias pues el país clamaba por el fomento de la población como una imperiosa exigencia de su despoblado territorio, que apenas contenía 14 habitantes por kilómetro cuadrado.

No resulta extraño que después de tales sucesos decayera por un tiempo el papel de la Sociedad. El efecto de esas vicisitudes tuvo que ser y fue muy dañoso para la institución, que por espacio de varios años, si se exceptúan breves paréntesis de prosperidad en 1847 y 1848, tuvo que mantener una existencia modesta, limitándose a los servicios que le estaban encomendados y a la conservación de los centros de enseñanza que de ella dependían. Aun en 1852, bajo la acción deprimente de conflictos políticos más graves todavía, tanto en Cuba como en España, el informe que resumía los trabajos se expresaban en tan desalentados términos, que casi aseguraban la extinción de la Sociedad por falta de los recursos más indispensables. Sin embargo, el mismo escrito resaltaba esfuerzos tan meritorios como los que en tal situación realizó con éxito la Sociedad para la conservación de la Escuela de Maquinaria, por la nueva forma dada al aprendizaje de Artes y Oficios cuya dirección volvió a quedar a su cargo, por el auge de la Escuela de Dibujo de San Alejandro, por el incremento de la biblioteca pública que llegó a contar hasta con 7 mil volúmenes, y por todos los servicios dedicados a la instrucción, obras públicas y agricultura.

Notable resonancia tuvieron desde muy temprano en Cuba las Exposiciones Universales de Industrias, iniciadas en Francia a fines del siglo XVIII y reanudadas entonces con fervor extraordinario. Las circunstancias impidieron que se imitasen en esta Isla tan pronto como hubieran querido algunos admiradores del sistema. Pero, en 1847 aprovechando el impulso antes referido, la Sociedad logró realizar la primera exposición pública que hemos tenido. A 110 ascendió el número de los concurrentes. En 1853 se organizó la segunda. “Desde entonces ha continuado trabajando por repetir otro ensayo en mayor escala y más digno de la altura que ha llegado esta célebre Antilla”, decíase en el resumen de las tareas de la Sociedad. No pudo vencer la Sociedad los obstáculos que se le pusieron, pero en cambio aseguró la concurrencia de productos cubanos a la exposición londinense de 1861, con tal acierto que la hizo acreedora a una expresión de gracia del Gobierno y de aplausos calurosos de los ciudadanos. Un tipo de iniciativa importante para las actividades económicas del país que asumiría la Sociedad Económica.

En esos mismos años concentró sus fuerzas con marcado empeño en las escuelas puestas bajo su inmediata dependencia y administración. Y probando que su celo no se circunscribía solo a los intereses materiales, lucha con empeño por obtener, la reorganización de las actividades de Bellas Artes, cuya guarda y administración pidió que se le devolvieran. La publicación de los “Anales”[8], interrumpida muchas veces, se reanudó a partir de 1862 sobre un nuevo plan. Conviene recordar por su interés para nuestra bibliografía lo que acerca de este asunto escribió el Secretario señor Morillas. “El señor Reynoso, su ilustrado redactor, ha contestado que siendo su idea hacer de los “Anales” una publicación de utilidad general, aun con perjuicio de sus intereses, había preferido su bondad a su periodicidad; debiéndose a ello que, sin gastos de la Corporación ni del Gobierno, se tenga en lo ya impreso cuanto se ha adelantado y escrito en los Estados Unidos del Norte América sobre la caña y elaboración del azúcar, con acopio de costosas y bien litografiadas láminas explicativas, pero que si no parecía preferible este método, ofrecía para lo sucesivo dar a luz un número todos los días primeros de mes, pues sería más fácil y provechoso, aunque no tan útil para los adelantos del país. Como la falta de exactitud de la publicación del periódico –añadía- notada y reclamada últimamente por el Gobierno que lo subvenciona, pudiera inducir a creer proviene de indolencia o falta de laboriosidad de la Redacción, consideramos de nuestro deber declarar que el señor Reynoso se ha mostrado siempre infatigable en el trabajo, según lo demuestran sus constantes investigaciones científicas relativas al cultivo en general y en la obra titulada:”Estudios acerca de varias materias científicas, agrícolas e industriales”, y en otra que denominó: “Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar” dada a luz y repartida gratis en 1862, sin contar los artículos relativos a tan interesantes materias, insertados en el “Diario de la Marina” y actualmente está escribiendo las que imprimirá en breve con los títulos de “Tratado General de agricultura” y ”Monografía completa de la caña de azúcar”. Escrito que pone de manifiesto la actitud de los Amigos del País en cuanto a la difusión de los conocimientos relativos al desarrollo económico.

La situación continuó mejorando, el Jardín Botánico, regenerado y abierto al servicio público atraía de nuevo la atención general. El Gobierno consultaba a la Sociedad sobre todos los asuntos de su competencia como en los mejores días. El progreso, en sus variadas manifestaciones, era objeto de la preocupación general, planteábase a la prensa la magna cuestión de las reformas sociales, políticas y económicas con el beneplácito del gobierno, que sin abandonar la previa censura, seguía atentamente las manifestaciones del espíritu público y muy pronto había de convocar a una solemne Junta de Información a los representantes de los Ayuntamientos. Conjuntamente con tales aspiraciones, y como condición fundamental o indispensable garantía de su éxito, proclamábase la necesidad de regenerar nuestra agricultura por medio de la inteligente aplicación de los métodos científicos. Era cosa universalmente admitida que no había reforma posible, en grande escala, mientras no cesase la esclavitud, pero teníase por aspecto igualmente importante que era inútil pensar en su abolición mientras no se convenciese al país de que podía conservar su riqueza, y aun acrecentarla, con el trabajo libre y merced al uso de nuevos métodos, de procedimientos más adelantados y técnicos. Mientras estas nociones no se generalizasen, la esclavitud habría de ser un inmerso obstáculo en el camino de todos los perfeccionamientos y si por obra del ocaso era bruscamente suprimida, este cambio radical, lejos de ser el inicio de una gran y venturosa regeneración, podía ser la causa de una verdadera catástrofe debido al temor incrementado por la ignorancia; mantenido por la inexperiencia y astutamente aprovechado por la avaricia, que levantaba en muchos ánimos una tenaz resistencia al avance anhelado por la opinión pública. En su artículo de “El Siglo”, comentaba el Conde de Pozos Dulces, uno de los hombres que más destacadamente habrían de representar el nuevo período: “En la regeneración de nuestra cultura es donde hemos de buscar el asiento indispensable de todas nuestras evoluciones ulteriores así en el orden material como en el intelectual y el moral”. Observación que tiene un valor permanente.

 

Tales ideas determinaron el fervor con que un grupo de patriotas beneméritos tomó a su cargo, con el eficaz concurso de la Sociedad Económica, el progreso y renacimiento de nuestra agricultura en particular. La gloria más relevante de este período fecundo para la Institución correspondió a su Director don José Silverio Jorrín, que conquistó los más altos honores del Cuerpo y obtuvo las mayores manifestaciones de aprecio público con una serie de iniciativas que serán siempre recordadas con admiración y con aplauso. Su voz, resonando animosa y resuelta, despertaba las voluntades dormidas y hallaba en todas partes un eco simpático y duradero. Ya en 1863 causaba grata sorpresa a la Sociedad haciéndole las ofrendas y mociones que siguen: primero, mil volúmenes para su Biblioteca Pública, especificados en un minuciosos catálogo que comprendía cuanto se había impreso de más selecto de las principales naciones de Europa y América sobre la Ciencia Natural y demás ramos de los conocimientos humanos que con aquella tienen íntima relación. La condición puesta por el donante fue que dichos libros estuvieran a disposición de cuantos deseasen leerlos dentro del edificio de la Institución. También otorgó la cantidad necesaria para la consignación honorífica de un objeto de valor, que unido al diploma de Socio de Mérito se adjudicasen como premio extraordinario al autor de un buen manual de Agricultura con aplicación a nuestras condiciones climatológicas y al especial cultivo que requerían nuestras valiosas plantas industriales, así como 4 mil pesos más para que con esta cantidad pudiera cubrir la Sociedad los gastos que ocasionase el envío a Francia de dos jóvenes cubanos, que después estudiar un año en la Academia preparatoria de Neaubhte le Chateau, ingresasen en la Escuela Imperial de Agricultura de Grignon y siguieran en ella el curso completo de tres años que exigían los Estatutos.

El acuerdo de la Sociedad resolvió aceptar en todas sus partes la triple propuesta del señor Jorrín, que tan significativos horizontes abría al desarrollo del país. Poco después le confirió el nombramiento de Socio de Mérito con aplauso general. El 23 de diciembre de1864 era electo además como Director. Nombrado conforme a los Estatutos, dio vigoroso impulso a los trabajos que tan brillantemente había iniciado como Amigo del País. El citado proyecto de enviar a las Escuelas de Agricultura a los jóvenes en el espacio de un año se convirtió posteriormente en similares propuestas de las ciudades de Puerto Príncipe, Santiago de Cuba y San Juan de los Remedios.

El 22 de mayo de 1865 el Gobierno colonial concedió autorización para el establecimiento de un curso de Agricultura en la Sociedad. De este curso se encargó el gran publicista, sabio agrónomo y profundo político don Francisco de Frías y Jacob, Conde de Pozos Dulces y Socio de Mérito. El ilustre Conde decidió que nada podía promover mejor el progreso agrícola que el perfeccionamiento de nuestra mecánica rural, destinando 2 mil pesos para que fueran distribuidos en premios a los inventores de los implementos de toda clase que obtuvieran la preferencia en el concurso de maquinaria que formaría parte de la exposición agrícola proyectada por la Sociedad.

Otro proyecto de vasto alcance sometió el señor Jorrín, como Director de la Sociedad, a las deliberaciones de la misma el 20 de junio de aquel memorable año: el de llevar a nuestros campos la instrucción primaria elemental en forma eficaz. Igualmente, el 15 de octubre elevose a la Reina de España una razonada exposición en solicitud del desestanco del tabaco en la Península, como medida complementaria a la de igual carácter tomada por Fernando VII, petición que expresaba el celo con que el Cuerpo Patriótico señaló desde entonces una de las quejas más justas del país y el único modo de satisfacerla. En noviembre, el mismo Director Sr. Jorrín, mostraba un nuevo rasgo de interés por el adelanto de los cultivos, poniendo a disposición de la Sociedad la cantidad de 2 mil pesos, para que se entregaran mil al que valiéndose de arados perfeccionados movidos por fuerza animal y manejado precisamente por nuestros campesinos, arasen mejor un pedazo de terreno que un jurado escogiera previamente.

De la actividad desplegada en el período que hemos relatado da idea el siguiente párrafo de las Memorias: “La Sociedad Económica de Amigos del País ha presenciado este año un espectáculo interesante y que encierra una lección de gran provecho para nuestro pueblo, si se quiere dedicar a contemplarlo. Cuanto ella ha hecho en este tiempo, lo que a favor de ella ha ideado nuestro ilustre y digno Director, se ha llevado a cabo en muchas partes por sus esfuerzos propios de actividad, de inteligencia y de dinero, o poniendo en juego los resortes de su influencia personal valiosa y merecida”. Principios estos, que aparte de los apostes financieros, son esenciales para la actividad de la Sociedad Económica.

Otro significativo empeño culmina los esfuerzos realizado en relación al desarrollo agrícola. Por largo tiempo había acariciado también la Sociedad la esperanza de ver instalada al fin la Escuela de Agricultura mandada a fundar en mayo de 1860, y que se hubiera al fin creado, de no haber surgido serios disturbios, tanto en España como en el escenario internacional, que agotaron el tesoro público y no le permitieron disponer de la cantidad necesaria para esa instalación. El Conde de Pozos Dulces había sido propuesto para el cargo de Director, emitiendo lo que había de hacer dicha escuela un interesantísimo informe que no se publicó si no muchos años después.

Muy pronto habrían de sobrevenir trascendentes acontecimientos que por múltiples causas habían llegado a ser inevitables y que remitieron al arbitrio de las armas el destino de Cuba: el inicio de las luchas por la independencia en 1868 con la Guerra de los Diez Años. Los elevados y positivos empeños realizados por la Sociedad Económica de Amigos del País habían patentizado del modo más eficaz lo que puede, aun en países poco preparados, la iniciativa privada y el espíritu de asociación, cuando se vigorizan con los altos estímulos de patriotismo y de amor al progreso general.

No es necesario aclarar que desde 1868 hasta 1879 la Sociedad no hizo ni pudo hacer otra cosa que tratar de mantener su posición tradicional, velar por el mantenimiento de su biblioteca –la única existente entonces con carácter público– prestar su concurso en la forma prevista en los Estatutos, a la instrucción pública, industria, comercio y obras públicas así como atender las consultas que se le hicieran por el Gobierno colonial. Los tiempos no permitían otra cosa. Restablecida en 1879 la paz, se inició un nuevo período de actividad general y la Institución recobró la perdida animación. La distinción que se le confirió de concurrir a la formación del Senado en España contribuyó poderosamente al renacimiento de su influjo, aunque en forma muy distinta de la que revistieron sus primitivos trabajos.

Los años finales del siglo XIX trajeron a la Isla una serie de cambios en la vida institucional, económica y social de gran trascendencia. Las enciclopédicas funciones que por largos años le correspondieron habrían de sufrir grandes cambios con el andar del tiempo. En el campo de las Ciencias, la Academia de ese nombre asumiría gran parte de los encargos que antes atendía la Sociedad. La nueva organización de la enseñanza pública asumió la inspección y organización de las escuelas, y la reconstitución de la Universidad, sobre todo con los nuevos planes de estudio. Así mismo la eximió de la atención a investigaciones superiores que ahora integrarían nuevas asignaturas en las facultades de Derecho, Ciencias y Medicina. La fundación y el subsiguiente desarrollo del Círculo de Hacendados, con la tarea de desplegar los conocimientos agronómicos, atrajeron a este centro especial las fuerzas que se habían agrupado en la Sociedad y que habían participado en el fomento de la agricultura.

La Junta General del Comercio y después la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, absorbió también el conocimiento y la iniciativa que en tan importante rama habían tenido tiempo atrás los Amigos del País. Las Juntas de Agricultura, Industria y Comercio, así como la de Instrucción Pública y las Inspecciones de Obras Públicas y Montes, atendieron los trabajos que antes realizaban las Secciones de la Sociedad. Ni el Jardín Botánico quedaría a cargo de la Sociedad, ni la Escuela de San Alejandro, ni otras que fueron suprimidas o estarían ahora a cargo de la Diputación Provincial o de particulares.

Sin embargo, estas medidas, resultantes de la progresiva evolución, lejos de adormecer el celo de la Sociedad Económica, le permitieron concentrar sus esfuerzos –aparte de lo que se relaciona con su derecho para elegir un representante a la alta Cámara de la nación– en el funcionamiento de su biblioteca pública, que pasó a ser la más importante de la Isla, en la atención de los informes elevados al Gobierno, sobre las patentes de invención y las marcas industriales que experimentaron extraordinario desarrollo, así como los pronunciamientos sobre los graves problemas económicos que surgían. Sobre todo, en dar poderoso impulso a la instrucción gratuita y popular. La importancia de esta última tarea, no es necesario subrayar, basta ella sola para colocar a la Sociedad en altísimo puesto de honor. Bajo la conducción de hombres públicos tan distinguidos como Manuel González del Valle, José María Gálvez, José Bruzón y José Silverio Jorrín, que se sucedieron en la Dirección después de 1879, la Sociedad logró corresponder ampliamente, dentro de su esfera, a las necesidades de los tiempos nuevos.

La instrucción popular continuó en realidad siendo la primera en sus afanes. Las Juntas de Gobierno, y en especial la Sección de Educación, velaron sin cesar por el buen orden de los establecimientos de enseñanza gratuita puestos bajo su guardia. Con los legados recibidos se fundó una Escuela de Artes y Oficios dotada del material indispensable para la enseñanza técnica. Ante otros hechos, como el referente a los acuerdos de las Corporaciones económicas en pro de reformas reclamadas por el comercio y la industria cabe destacar el ejemplo de concordia y de unión en defensa de los intereses comunes que se obtuvo promovido por la Sociedad. El más trascendental en aquellos momentos fue el convenio mercantil con los Estados Unidos, el cual fue resultado de la solicitud de los comisionados de dichas Corporaciones en la Junta de Información convocada en diciembre de 1890 por el Ministerio de Ultramar y en la que participaron de forma destacada los representantes de la Sociedad Económica.

Todas las cuestiones de importancia, en el orden económico y social, fueron sometidas a consulta de la Sociedad por parte del Gobierno colonial, en particular los informes sobre marcas de fábrica que por la ley tenía encomendados juntamente con el Registro de la Propiedad Industrial. Acerca de todos ellos emitió sus dictámenes, de acuerdo con los principios que constituían su tradición. En ese carácter criticó como causantes de peligrosas infracciones de la Constitución, algunas medidas proyectadas contra la vagancia que eran consideradas por el Código Penal vigente como una mera circunstancia agravante de la personalidad criminal. Igualmente la Sociedad reclamó las condiciones previas que demandaba el establecimiento del crédito comercial, proclamó la necesidad de subordinar la amortización del papel moneda al equilibrio de los presupuestos y a la formación de un buen sistema monetario, se manifestó contra los derechos de exportación, habiendo contribuido a que desaparecieran los relativos al azúcar y los aguardientes, cooperando así mismo a la supresión de los derechos diferenciados de bandera y abogando sin descanso por una gran reforma arancelaria; ha aprovechado, en suma, aprovechó cuantas ocasiones tuvo a su alcance para abogar eficazmente por los principios en que se cifraron siempre las aspiraciones de las clases productoras del país.

El recuento muestra como a pesar de la situación cambiante en la Isla la Sociedad Económica logró mantener una actividad vigorosa dentro de las posibilidades que existían en aquel período.

En aquellos años una serie de conferencias sobre aspectos importantes de la Historia, Economía Política y Literatura, ocuparon también la atención de los Amigos del País. Encomendadas a personas de reconocidos méritos, una concurrencia cada vez mayor acudió a escucharlas, prueba de la excelente acogida que le dispensó el público, a cuya instrucción se destinaban. Otra experiencia histórica importante que igualmente pone de manifiesto las múltiples posibilidades de la Sociedad.

La Biblioteca, única en importancia que ofrecía entonces al público sus estantes, no solo siguió enriqueciéndose, sino que logró disponer de un completo y actualizado catálogo que facilitaba el aprovechamiento de las obras que le interesan a la juventud estudiosa y a cuantos desearan consultarla.

En este recuento no se ha consignado todo lo que merece mención, ni rendido el homenaje que corresponde a cuantos se han distinguido en las distintas labores de la Sociedad. Pero la relación expuesta, siendo insuficiente, basta para mostrar la fructífera actividad que podría realizar en el futuro. Se equivocaban los que imaginaban que lo realizado pertenecía a otra edad. Ya en 1865 habría de afirmar el entonces Director José Silverio Jorrín: “Si fuera cierto el espíritu de estas aseveraciones, si nuestra Corporación careciera de objetos interesantes ha que aplicar su actividad, y a la atmósfera y espacio donde respirar y moverse yo sería el primero en pedir que se cerrasen sus puertas; más tamaña calamidad no nos amaga por fortuna…”. La mayor prueba que podía dar esta Institución de su necesidad histórica, y de los beneficios que todavía estaba en actitud de prestar al país, es en efecto el hecho de la posesión de tan notables medios y de tan elevados objetivos, a pesar de la eliminación de muchas de las ramas que antes comprendía su instituto. Por fortuna, los pesimistas, los desalentados usualmente no tienen razón. En hacer lo que se debe, estriba realmente la más alta moralidad, para los individuos y para las colectividades.

Profesó siempre la Sociedad tan elevados principios como se ha mostrado hasta los años finales de la época colonial, como también lo haría en el futuro, en relación a la confianza pública, sea cual fuere el rumbo de los sucesos. La enseñanza popular gratuita, la enseñanza superior libre por medio de cursos y conferencias encomendadas a las personas más capaces, la cooperación decidida a todo lo que representara progreso, reforma bien encaminada, o adelantamiento social, dando a los esfuerzos de la clases dirigentes interesadas en ese carácter de generalidad y de elevación patriótica, sin el cual pierden gran parte de su valor, asesorando con celo y con honrada independencia al poder público, esparcir ideas, propagar adelantos, rectificar errores, extender nociones útiles, he ahí un programa basto e importante que pueda asegurar a la Sociedad largos años de acción fecunda. Así transcurrieron los primeros 100 años de los Amigos del País.

LA ÉPOCA REPUBLICANA 1902 HASTA1959

Las actividades de la Sociedad Económica en la época republicana es la que por distintas razones ha sido menos divulgada y conocida. En los años de la República, como en los años de la Colonia ha sido la institución patriótica que ha tenido como objetivo fundamental el progreso cultural y material del país, su adelanto en todos los órdenes de la vida, y en tal sentido, se puede asegurar que no ha existido otra que la supere en la amplitud y nobleza de propósitos.[9]

Aun cuando por su título de Sociedad Económica pudiera entenderse que particularmente debía atender a los intereses materiales, lo cierto es que ha dedicado preferente atención a los morales desde los primeros días de su constitución. Por esto quizás desde su fundación se le dio el nombre Sociedad Patriótica con preferencia al de Económica, llevados ya sus fundadores de su afán de laborar en el orden moral tanto como en el material, preparando el camino para que la colonia llegara a convertirse en nación independiente y soberana.

Aun cuando la Sociedad fue en su primera etapa una institución con cierto carácter oficial dentro de la colonia, esto respondía a las exigencias de la época, pero su actuación fue la de una institución genuina y esencialmente cubana y su finalidad el progreso material y cultural del país, con las miras ideales de una futura independencia.

Ciertamente, su radio de acción en la era republicana, no es tan extenso como en el período colonial, como resultado del surgimiento y especialización de otras instituciones y la actuación más directa de las autoridades del país en determinadas funciones, pero aun así llenó un importante cometido nacional, manteniendo inalterable su carácter de institución protectora de los intereses generales de nuestra patria. Teniendo por meta el bien del país; cooperó con todo noble propósito, aportando fecundas iniciativas, manteniendo su notable Biblioteca, editando valiosas publicaciones y en suma, atenta a las necesidades y constante progreso de la nación cubana.

Hay que tener en cuenta también que el período al que ahora nos referimos ocuparía solo la mitad de los años que transcurrieron durante la primera época.

Al cesar en 1899 la soberanía española, la Sociedad Económica dejó automáticamente su carácter de corporación oficial, continuando su labor como institución no gubernamental, prestando cuantos servicios se solicitaron de ella, como la expedición de marcas de comercio, fábrica e industria y las patentes de invención, servicios necesarios en aquellos momentos de inevitables cambios institucionales. En aquella situación, el 20 de enero de 1899 tomó posesión la Junta Directiva, asumiendo la Presidencia el Lic. Alfredo Zayas Alfonso, abogado y político que unos años más tarde ocuparía la Presidencia de la República.

La Sociedad había pasado momentos difíciles en los últimos años de la colonia, que había sobrellevado con firmeza deseosa de conservar el acerbo de cultura y desarrollo que le estaba encomendado. Al iniciarse la paz cobró nuevo impulso y se dispuso a continuar con renovados bríos su destacada actuación en la historia patria.

Tras el período de la Intervención norteamericana, dio comienzo la era republicana el 20 de mayo de 1902. La Sociedad Económica se incorporó a la nueva etapa, que representaba la culminación de su prolongada labor patriótica y designó comisiones que participaron en las ceremonias oficiales de la inauguración republicana, con la satisfacción de ver como sus históricos esfuerzos a la causa pública eran apreciados por las personalidades que ocupaban el Gobierno nacional.

Para aquella fecha era bien reconocida su labor fundacional que había promovido la creación de importantes obras para el desarrollo cultural y económico del país, desde escuelas públicas, hasta el despliegue de la industria azucarera, los ferrocarriles, las cátedras de Química y Economía Política, el Jardín Botánico, así como los aportes de sus ilustres miembros como José Agustín Caballero, Tomás Romay, Francisco de Arango y Parreño, Félix Varela, José Antonio Saco, Felipe Poey y Álvaro Reynoso entre otros. José Martí en 1892 había calificado la trayectoria de la corporación como: “La más alta y meritoria de las sociedades en Cuba” y “la casa ilustre donde han tenido asiento los hijos más sagaces y útiles de Cuba”.

La relación de algunas de las labores realizadas durante el período republicano pondrá de relieve la importancia y el carácter de los servicios de nuestra patriótica y bicentenaria institución.

En la era republicana la Sociedad Económica de Amigos del País fue igualmente constructiva en el orden económico con relación a la agricultura, la industria y el comercio, sin que dada la multiplicidad y desarrollo de otras instituciones y factores económicas, resultante de iniciativas nacionales y extranjeras, su accionar no fuera tan relevante. No por ello dejó de ser importante, habiéndose oído, y tomado en cuenta sus informes sobre asuntos de tanta trascendencia como, por ejemplo, el tratado de comercio con los Estados Unidos, las cuestiones a la que daba lugar el empréstito de los 35 millones para pagar al Ejército Libertador, el régimen de aranceles de aduana; los convenios sobre la producción azucarera y otros muchos. En la etapa que se iniciaba la Institución se mantuvo alejada de todo partidismo.

Hay que tener en cuenta que en los años finales de la guerra de independencia la Sociedad había tenido una vida lánguida. Los valores económicos habían sido relegados a un segundo termino y las más preclaras inteligencias desde el Zanjón hasta 1898, brindaban sus esfuerzos a la causa independentista. La Sociedad, que debía manifestarse básicamente en el campo técnico y científico que su elevada jerarquía demandaba, atesoró los escasos valores económicos y estadísticos, los cuales preservó para un ulterior desenvolvimiento, durante los momentos más difíciles de su vida, con el decidido objetivo de que culminada la crisis que atravesaba la Nación sirvieran de base para continuar el desarrollo del país.

El factor económico, era tan básico como el factor político. Una mente de la sagacidad del Apóstol, al analizar las causas que motivaron la necesidad de “sustituir el desorden económico en que agoniza Cuba” nos llevaba, como nos dice en el Manifiesto de Montecristi, “a una guerra para fundar la nacionalidad en el crucero del mundo, con un pueblo libre en el trabajo, rico e industrial”. Hay que tener en cuenta que además de reconstruir el país –una tarea urgentísima– era necesario emprender la reorganización del corrompido y enmarañado sistema de administración colonial, animado y presidido durante largos año por el cohecho y el fraude.

Durante la guerra de 1895, en que la propaganda política era más intensa, se había opacado la labor de los Amigos del País, el momento era de lucha y no de estudios. El final de la guerra habría de encontrar a la Sociedad Económica en situación casi agónica. La actividad más importante que había desempeñado en esa etapa era su labor educativa con el mantenimiento de las instituciones escolares gratuitas, tratando de conservar de esa forma los factores de la renovación cultural que habrían de surtir sus efectos en la generación nacida en aquellos días.

La ocupación militar norteamericana y el surgimiento de la República mediatizada iban a poner de manifiesto la importancia decisiva del factor económico en la integración de la Patria. Cuba, cuyos problemas fueron enfocados por la Sociedad Económica y planteados ya desde la Junta de Información de 1865, lejos de ser resueltos habían sido agravados. La economía estaba totalmente destruida y arrasada y la acción política se encontraba interferida por la injerencia de una nación poderosa cuyo imperialismo naciente se desbordaba sobre la misma. Se habían olvidado sus sabios economistas, sus Frías y Ramírez. En aquellos momentos en que se luchaba por el mantenimiento del proyecto de la Enmienda Foraker, que prohibía la venta de tierras a los extranjeros, el intento de restablecer la economía del país fue derrotado por las fuerzas arrolladoras del imperialismo que reclamaba espacio para sus inversiones. En esos primeros años la República sufrió una marcha vacilante, carente de contenido económico sus legislaciones, y cuando las últimas riquezas que le quedaban: la tierra y el trabajo desaparecían, la primera por su venta al extranjero, y la segunda por la importación de brazos para el latifundio azucarero, el monocultivo poderoso, que arrastraban a la República a la más negra miseria con los altibajos de los precios.

Pero hay que destacar que desde los primeros años republicanos, los informes elaborados por la Sociedad Económica siempre fueron debidamente apreciados. Por ejemplo, en 1903, el Tratado de Comercio con los Estados Unidos –el llamado Tratado de Reciprocidad– mereció un extenso informe elevado al Gobierno, respondiendo a la invitación de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. La Sociedad estuvo representada en la Asamblea de Hacendados, Colonos y Agricultores, reunida para formular un proyecto de supresión o reducción de los recargos arancelarios que había establecido el decreto presidencial de febrero de 1904 presentando un detallado informe al respecto. También expresó su opinión acerca de la conveniencia de un Tratado de Comercio con Inglaterra. En 1908, en unión de las demás Corporaciones estudió y presentó las bases para la renovación del Tratado vigente con los Estados Unidos, manteniéndose vigilante en todo lo que pudiera favorecer nuestras relaciones con la nación vecina y en bien del desarrollo económico propio. En 1911 la Sociedad fue invitada nuevamente para que informase al Ejecutivo en materia de acuerdos comerciales con otros países, en el que mantuvo el criterio tradicional a favor de puertas abiertas para todas las naciones.

En 1915 se adhirió a la solicitud de que se oyese el parecer de las entidades económicas antes de que se firmaran los tratados proyectados con Inglaterra y Chile. En el mismo año, a solicitud de la Secretaría de Agricultura, Comercio y Trabajo emitió un dictamen acerca del proyecto de un Tratado de Comercio con Portugal.

Otra actividad económica importante en esos primeros años, el referente a los aranceles de Aduana, fuente principal de ingresos igualmente fue motivo de estudio por parte de la Sociedad. En un país de economía abierta y poco desarrollo ese era un tema de importancia capital para la vida económica de la Nación. En 1904, invitada por la Secretaría de Hacienda, formó parte de la Junta que debía dar su parecer sobre el modo de cubrir la baja probable que sobre la recaudación de Aduanas pudieran producir el Tratado con los Estados Unidos. En 1916 elevó a la Cámara de Representantes una exposición solicitando la reforma de los aranceles, logrando que las demás corporaciones económicas se adhirieran a la iniciativa. Dos años después publicó un informe referente a la reforma de los aranceles, sosteniendo el criterio que los nuevos se confeccionaran con derechos meramente fiscales, en la medida que sirvieran de base a los ingresos del Estado y dispensando de ello a los artículos de mayor necesidad y consumo de la población. En 1914 fue consultada sobre la actitud que Cuba, como país productor de azúcar debía tomar en la Convención de Bruselas. Se pueden relacionar otras muchas actividades en las que la Sociedad tomó parte activa.

Al constituirse en 1905 el Comité de las Corporaciones Económicas para el estudio de los problemas que afectaban la producción, la industria y el comercio, la Sociedad entró a formar parte del mismo. En el congreso de dichas corporaciones celebrado en 1923 participó la Sociedad. Al fundarse en 1924 la Federación Nacional de las mismas se integró a ella siguiendo la tradición de asociarse a las entidades representativas de la economía. Este principio en cuanto a la asociación con otras entidades económicas es una experiencia importante a tener en cuenta en nuestros días ya que aumenta la fuerza de las propuestas elaboradas en común.

Participando en toda medida gubernamental que redundara en bien del país en 1907 suscribió el Decreto que facilitaba 5 millones de pesos del Tesoro Público en auxilio de la agricultura. En otro importante asunto, en 1919 al hacerse crítico el problema del agua, la Sociedad velando por los intereses y la higiene del pueblo se pronunció sobre la conveniencia de que se adoptaran medidas a fin de que la población no careciera del precioso líquido, subrayando además de que el acueducto no podía pasar a poder de una empresa privada. Al volverse a tratar el problema en 1924, la Sociedad figuró en la comisión encargada de estudiar las mejoras del servicio.

Es extensa la lista de importantes aspectos de interés nacional en los que la Sociedad Económica de Amigos del País tomó parte activa en los primeros años de la República, como los trabajos de la Federación Nacional de Educación Vial para mejorar las carreteras existentes y construcción de las mismas; en la participación en la Exposición de Saint Louis, Estados Unidos en 1904; o en la información respecto a las solicitudes de privilegios de invención y marcas industriales y comerciales entre otros, contribuyendo también, de conformidad con lo dispuesto por las leyes, a los trabajos realizados por las distintas corporaciones y dependencias del estado, bien en la Comisión Nacional de Estadísticas y Reformas Económicas, o ya en la Junta Provincial de Agricultura.

Toda esta actividad de carácter fundamentalmente económico para la nueva situación creada con el surgimiento de la República va a conducir en 1923 a que la Sociedad Económica redefina y ajuste sus objetivos y organización, formulando sus nuevos Estatutos. Así, de esa forma la Junta de Gobierno acordó en febrero de 1924 nombrar una comisión integrada por los doctores Fernando Ortiz, Antonio M. Eligio de la Fuente, Oscar Barceló, Eduardo Rodríguez de Armas y Luciano R. Martínez, para proponer dicha reforma. En la Junta General extraordinaria celebrada en los días 30 de enero y 3 de febrero de 1925 fue aprobado el proyecto de Estatutos. Es importante tener en cuenta el contenido fundamental de estos nuevos Estatutos que actualizan los principios establecidos en la época colonial.

Artículo 1: La Sociedad Económica de Amigos del País, de la Habana, instituida por Real Cédula el 15 de diciembre de 1792 e inaugurada el día 9 de enero de 1793, continuará en la medida de sus esfuerzos cumpliendo los altos fines patrióticas que inspiraron su fundación y han ennoblecido su historia, contribuyendo al fomento de sus intereses morales y económicos de Cuba, estimulando a la cultura y la instrucción popular en todas sus manifestaciones, manteniendo la veneración por sus antepasados ilustres, avivando el sentimiento de sereno patriotismo que hace amar los supremos ideales de civilización, libertad y justicia, y colaborando a la formación de una opinión pública conciente que auxilie al gobierno de la República en su misión de trabajar por el más hermoso porvenir libre del país, “identificándose así con el esplendor y prosperidad de la patria cubana”.

La Sociedad ejercerá, además, las funciones propias de una Academia de Ciencias, Económicas, Morales y Políticas.

Artículo 2: En relación con su carácter de Corporación Económica, la “Sociedad Económica de Amigos del País” continuará su propia tradición, estudiando los intereses económicos de Cuba desde un alto punto de vista nacional, alejada de todo espíritu de clase, deseosa de seguir colaborando con el progreso evolutivo de la economía cubana en consonancia con las conveniencias patrias y las exigencias de la civilización contemporánea.

En el texto aparecen tres referencias fundamentales: primero, colaborar a la formación de una opinión pública conciente que auxilie al Gobierno de la República; segundo, expresar sus criterios como Academia de Ciencias sobre temas económicos, morales y políticos, y tercero, estudiar los intereses económicos de Cuba desde un alto punto de vista nacional colaborando en el progreso evolutivo de la economía cubana.

La Sociedad Económica de Amigos del País mantuvo sus importantes aportes al desarrollo económico como se puede ver en la Memoria sobre el proyecto de “Banco de Emisión de Billetes” en informe dirigido a la Sección de Estudios Económicos, aprobado por la Junta de Gobierno el 20 de marzo de 1931 y elaborado por el Amigo del País Dr. Marcelino Díaz de Villega relacionado con el proyecto de Ley presentado al Senado de la República por Celso Cuellar del Río, dando una opinión negativa sobre el mismo por los grandes males que podrían acarrear al país.

La Memoria sobre “Las reformas políticas y económicas que necesita Cuba”, de Antonio García Hernández en respuesta a la solicitud del Presidente de la Comisión Económica Nacional Dr. Rafael Montoso, para reunir una amplia información sobre las modificaciones necesarias a nuestro sistema tributario, presentada en la sesión solemne de 1945, en el que se enuncian principios importantes relativos a los enfoques de la Sociedad sobre la actividad económica: “Tenemos que aceptar que el desarrollo político, jurídico, filosófico, literario y artístico reposa sobre el desarrollo económica, reaccionando conjunta o separadamente uno sobre los otros y sobre la propia base económica, siendo esta última, sin embargo, la que cualquiera que sea la influencia ejercida sobre ella por el orden político e ideológico, el hilo conductor que permite comprender el sistema”. Comentaba el orador que en base a estas ideas podía decirse que la Sociedad Económica se había adelantado en más de medio siglo a Marx. Estos puntos de vista muestran el desarrollo que imperaba en el pensamiento económico de la Sociedad por esos años.

Cuando se revisa el Índice de la Revista Bimestre (1831-1959), se encuentran relacionados numerosos trabajos sobre temas económicos correspondientes a la época republicana. Entre ellos de especialistas bien conocidos como Julián Alienes “Tesis sobre el desarrollo económico de Cuba” en 1951, el de Regino Boti y Felipe Pazos en 1958 “Algunos aspectos del desarrollo económico de Cuba”[10] y varios escritos de Don Fernando Ortiz con temas tan interesantes como “El deber norteamericano en Cuba” (1934); “Las relaciones económicas entre los Estados Unidos y Cuba” (1927) y “Las responsabilidades de los Estados Unidos en los males de Cuba” (1934).

Sin embargo, la Sociedad Económica siempre se distinguió por su notable labor en pro de la cultura como se ha recordado. Desde los primeros días de su constitución, dedicó atención preferente a la educación, aumentando las escuelas en aquel entonces muy escasas, mejorando su régimen, modernizando la enseñanza, unificando los métodos, traduciendo notables trabajos pedagógicos y distribuyendo estimulantes premios. Al comenzar la era republicana, la Sociedad Económica disponía de varios centros docentes a los que se irían sumando otros hasta llegar a 9 en los que estudiarían mil alumnos.

Desde 1903 la Sección de Educación a fin de equiparar la enseñanza que se daba en sus planteles con la enseñanza oficial de la República adoptó la distribución del año escolar, la determinación de días laborables, los registros de asistencia y los textos análogos a los de las escuelas públicas. A la vez, en el mismo año se dirigió a la Secretaría de Instrucción Pública sugiriendo la adopción de medidas que pusieran a salvo la situación de los maestros. El 5 de enero de 1905 se inauguró la escuela “Redención” en la barriada del Cerro con una matrícula de 150 alumnos y en Marzo de 1906 se inauguró la Escuela Elemental de Artes Liberales y Oficios “Fundación del Maestro Villate”.

En un país en el cual durante los años de la República la instrucción pública no habría de recibir la atención y prioridad necesaria por parte de los sucesivos gobiernos, resultante en la escasez crónica de escuelas y de maestros, presupuestos limitados y sujetos frecuentemente a la malversación, que lamentablemente arrojaban un cuadro de más del 30% de analfabetismo en los años 50 del pasado siglo, resaltaba mejor el aporte de la Sociedad Económica en este campo. Al recordar esta notable obra educacional y tomar en cuenta las condiciones actuales se pone de manifiesto la importancia de desarrollar cursos y postgrados como una de las manifestaciones contemporáneas que corresponden y complementan el desarrollo educacional logrado por la Revolución.

La causa de la enseñanza en general no dejó de merecer en ningún momento la atención de la Sociedad Económica. En 1910 se adhirió al Primer Congreso Pedagógico Nacional. En 1913 comisionó a su Secretario el Dr. Manuel Valdés Rodríguez, para que se dirigiera a los Estados Unidos e hiciera un estudio de las Escuelas Normales, proponiendo luego lo que fuere más susceptible de adaptación a las que iban a crearse en Cuba y en 1917 organizó una serie de Conferencias Pedagógicas, que alcanzaron un éxito extraordinario. Al año siguiente se llevó a cabo un nuevo curso de Cultura Pedagógica. El premio “José de la Luz y Caballero” fue otorgado anualmente a maestros y alumnos desde su primera adjudicación en 1891.

Su atención a este importante aspecto social se manifestó en diferentes actividades. En 1933 por encargo de la Sociedad el Amigo del País el destacado pedagogo Dr. Luciano Martínez, realizó un detallado análisis del informe del profesor norteamericano M. Pittman sobre el estado de la educación en Cuba elaborado por encargo de la Secretaría de Instrucción Pública, el cual abarcaba todo el universo del sistema educacional del país. El Dictamen preparado por el Dr. Martínez estuvo de acuerdo con las principales críticas hechas por el profesor Pittman. Nuevamente en 1935 se elevó al Gobierno un enérgico manifiesto acerca de la educación cubana, calificando de gravísima la crisis que venía atravesando el país y ofreciendo los remedios adecuados para lograr este propósito, resumiendo en cuatro puntos sus recomendaciones:

  1. Dedicar a la obra cultural las cantidades que resulten necesarias, por lo menos, de 25% de todos los ingresos presupuestados tanto del Estado como las provincias y municipios.
  2. Separar en lo absoluto la influencia política –de toda clase de política partidista- de la gran obra social.

III. Trazar una pauta científica –ajustada a los progresos pedagógicos de estos tiempos- para que la dirección general de la enseñanza tenga unidad y propósitos definidos en Cuba.

  1. Por último, es indispensable crear, en todos los sectores de la educación pública, un ambiente de orden y de disciplina, fomentar el mejoramiento en la obra de los establecimientos de la enseñanza, e infiltrar en nuestra juventud el criterio de que únicamente por su aplicación al estudio podrá elevar el nivel de nuestra cultura.

Principios estos que serán válidos hasta el triunfo de la Revolución en 1959 que transformaría totalmente la situación.

Otros muchos aportes de carácter educacional se encuentran en la obra de la Sociedad Económica, como por ejemplo la Memoria preparada por el destacado geógrafo Salvador Massip sobre los “Progresos de la geografía de 1927 a 1930” publicado en la Revista Bimestre.

En los primeros años de la época republicana, después de cuatro siglos de ser súbditos de Espala y tras la impetuosa intervención económica, política y cultural de Estados Unidos, era necesario esclarecer que era ser cubano. A este crucial tema dedicaron sus investigaciones destacados Amigos del País como Fernando Ortiz y Elías Entralgo en trabajos que también serían publicados en la Revista Bimestre.

Por otra parte, uno de los mayores servicios culturales prestados a Cuba por la Sociedad Económica en su larga historia, ha sido el que representa la fundación, mantenimiento y gradual enriquecimiento de su biblioteca pública, la primera establecida en la Isla y una de las más antiguas de Cuba. Sin duda el patrimonio de más valor reunido por la Sociedad Económica de Amigos del País ha sido esta biblioteca que llegó a reunir a fines de los años 90 del pasado siglo XX más de 100 mil libros y una extraordinaria hemeroteca correspondiente principalmente a los siglos XIX y XX. En el pasado año 2000 en un informe realizado con vista a promover la cooperación con la misma se mencionaban por ejemplo los títulos de 1818 libros considerados raros y valiosos, algunos correspondientes al siglo XV en adelante, entre ellos una colección de 72 ediciones del Quijote, la más antigua del año 1605, publicados en diferentes países como España, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Cuba y otros. Especial importancia desde el punto de vista de la investigación histórica tiene su fondo de la prensa periódica cubana del siglo XVIII al XX, conformada por más de 700 títulos considerados muchos de ellos como ejemplares únicos. Entre las revistas cubanas y extranjeras de los siglos XIX y XX se encuentra la revista “La América” editada en New York, en la cual colaboró José Martí y cuyos ejemplares son probablemente existencia única en el mundo. Los ejemplos citados dan una idea no solo del valor histórico y cultural que representan estos fondos de la biblioteca sino incluso el valor económico acumulado por la cantidad aproximada de un millón de documentos, por lo cual es considerada la segunda en importancia en el país.

Lamentablemente en el mismo informe citado se señalan las afectaciones sufridas tanto en los libros, como principalmente en los periódicos y revistas reunidos por los efectos medioambientales y la falta de los recursos necesarios para atender al buen estado de estas valiosas publicaciones, que indican que el 80% de las mismas han sufrido algún grado de deterioro.

En la etapa republicana de Cuba la publicación regular de la Revista Bimestre Cubana, que se reinició en 1910 en su Segunda Época, adquirirá un papel principal para las labores de la Sociedad Económica. Al cesar esta las funciones como órgano del Gobierno sus opiniones y propuestas van a encontrar un vehículo importante en la Revista. Los estudios publicados recuerdan la trascendencia nacional de aquella Memorias de la Sociedad Económica en su edad de oro[11]. En ellas se proponen amplias soluciones a los difíciles problemas de la economía nacional, la planificación estatal de las industrias; la solución del monocultivo y la diversificación, entre otras. Se puede decir que durante toda esta última etapa la Sociedad Económica de Amigos del País, a través de la Revista, fue orientadora en relación a los intereses nacionales y la economía del país. Los trabajos se consagraron con preferencia a lo cubano y se establecen las reglas más completas sobre la situación social, coordinando la intervención estatal en estos aspectos con los principios de la empresa individual como se subrayaba ya en 1945 en el artículo “La obra de la Sociedad Económica” del Dr. José Portuondo de Castro.

Por la importancia que pueden tener en nuestros días no pueden olvidarse las numerosas conferencias que se efectuaron en los salones de la Sociedad desde el siglo XIX. En 1924 se efectuaron una serie de encuentros o Veladas Cubanas, con fines patrióticos y moralizadores. Al año siguiente se iniciaron las Sesiones Académicas, de acuerdo con los nuevos Estatutos reformados previamente con el fin de dar a la Sociedad el carácter de una Academia de Ciencias Económicas, Morales y Políticas. La Sección de Literatura organizó en 1926 una serie de charlas, inspiradas en el propósito de dar a conocer el desarrollo de distintas actividades de carácter literario y científico con el proyecto de formar una Sociedad de Conferencias para la difusión cultural.

 

CONCLUSIONES

 

Transcurridos 20 años de la reactivación de la Tercera Época de la Sociedad Económica de Amigos del País en 1994 hemos considerado la conveniencia de hacer un recuento histórico con el fin de esclarecer y puntualizar las características más importantes de la ya bicentenaria Institución:

Primero– Queda claramente definido el carácter esencialmente patriótico de los objetivos de la Sociedad y de sus miembros desde el primer momento de su fundación en 1793, recogido en su título de Sociedad Patriótica, movidos sus fundadores por el afán de laborar en el orden moral tanto como el material en el camino en que el país llegara a convertirse en nación independiente y soberana. A esto obedece su lema PRO PATRIA.

Segundo– Su prolongada labor ha tenido como prioridad la labor educacional, desde la fundación de escuelas en sus años iniciales, la organización de la primera biblioteca pública hasta la realización de conferencias, charlas y talleres como en la actualidad para complementar la obra educativa.

Tercero– La importancia dada desde sus inicios a la elaboración de las MEMORIAS que sirvieran para el estudio y la difusión de los aportes científicos y culturales realizados, tanto individual como colectivamente, informaciones que en los primeros años se canalizaron hacia los niveles de Gobierno y posteriormente se concentraron en la publicación de la REVISTA BIMESTRE CUBANA como órgano oficial de la Sociedad Económica.

Cuarto– La experiencia reunida desde los años iniciales de promover la incorporación a la Institución de figuras destacadas del campo científico, cultural o de la sociedad que con su trayectoria aseguraran calidad y fuerza a sus pronunciamientos, teniendo como principio importante vincularla con la actividad de escritores, publicistas, oradores y literatos para que representasen la positiva imagen de una consagración común al adelantamiento general bajo el dictado de unos mismos principios. Las bases organizativas fundamentales fueron siempre cualitativas y no cuantitativas.

Quinto– Las características organizativas únicas de estar integrada por personas de alto nivel cultural y científico, graduados universitarios, profesores, investigadores y doctores de prácticamente todas las ramas del conocimiento y organizada funcionalmente en secciones de Economía, Ciencias Sociales y Educación que posibilitan análisis multilaterales de los problemas tratados. A la que se sumó en la Tercera Época la Sección de Medio Ambiente, problemática capital en la época actual. Esto le da el carácter funcional de Academia de Ciencias, por definición: “Corporaciones formadas por un determinado número de hombres eminentes en los correspondientes campos de la ciencia y del arte, que realizan colectivamente determinadas actividades en relación con su respectiva especialidad”.

Sexto– Finalmente, el recuento histórico muestra que el principio esencial de las funciones que puede desarrollar la Sociedad Económica de Amigos del País –sin duda la experiencia más importante– se basa en el aporte, que como componente de la sociedad civil pueda brindar al Gobierno en toda obra positiva y de adelanto para la Nación.

La Habana, Agosto, 2015.

[1] Político y escritor español 1670-1760

[2] Sinónimo de corporaciones

[3] Político español 1723-1805

[4] Véase HISTORIA DE LA SOCIEDAD ECONÓMICA DE AMIGOS DEL PAÍS. Rafael Montoso 1930.

[5] Gaspar Melchor de Jovellanos. Poeta, escritor y político español, Ministro de Carlos IV (1744-1810).

[6] Ver BREVE HISTORIA DE ESPAÑA de Aurea Matilde Fernández.

[7] Profesor de Economía y Director de la Sección de Educación.

[8] Nombre que adoptaron las Memorias a partir de 1849.

[9] Adrián del Valle. Compendio de la historia de la Sociedad Económica de Amigos del País. 1930

[10] Como proyecto de Tesis para el Movimiento Revolucionario 26 de Julio.

[11] Ver HISTORIA ECONÓMICA DE CUBA de Heinrich Friedlaender que relacionan una larga lista de las mismas.


 

 

 

 

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